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Dos hongos que amenazan el futuro de la banana

Sigatoka negra y R4T pueden provocar graves pérdidas, además, el segundo puede dejar los lotes fuera de producción durante décadas.

La banana es la fruta fresca más exportada del mundo y un alimento básico para millones de personas. Detrás de esa enorme cadena comercial existe, sin embargo, una debilidad difícil de disimular: gran parte de la producción depende de materiales genéticamente similares y susceptibles a enfermedades capaces de reducir las cosechas, elevar los costos o directamente sacar tierras de producción.

Entre esas amenazas sobresalen dos hongos de comportamiento diferente. La Sigatoka negra ataca las hojas y puede manejarse, aunque a un costo elevado. El Fusarium Raza Tropical 4, conocido como R4T o TR4, ingresa por las raíces, coloniza el sistema vascular y termina marchitando y matando la planta. Una vez instalado en un lote, su erradicación es extremadamente difícil.

Amenaza mundial

El R4T es una variante del hongo Fusarium oxysporum f. sp. cubense, causante del Mal de Panamá. Otra raza del patógeno devastó durante el siglo XX las plantaciones de Gros Michel, que dominaban el comercio mundial. La actividad se recuperó al reemplazarla por cultivares Cavendish.

Pero el R4T quebró esa resistencia. Las Cavendish representan alrededor de la mitad de la oferta mundial y casi toda la banana exportada. La FAO estima que más del 80 % de la producción global de bananas y plátanos se basa en germoplasma susceptible.

Desde Asia, el patógeno avanzó hacia Medio Oriente y África. En 2019 fue confirmado en Colombia y después apareció en Perú y Venezuela. Su llegada a América Latina encendió una alarma especial porque la región origina cerca de dos tercios del comercio mundial.

No existe un fungicida capaz de curar un lote afectado. El hongo puede sobrevivir más de 30 años en el suelo y desplazarse en material de propagación infectado, tierra adherida a herramientas, calzado, vehículos o maquinaria, además del agua. En una finca contaminada puede ocasionar la pérdida total de la cosecha.

Daño en hojas

La Sigatoka negra, causada por Pseudocercospora fijiensis —antes Mycosphaerella fijiensis—, provoca otro daño. Sus lesiones reducen el área fotosintética y afectan el peso y la calidad de los racimos. También acortan la “vida verde” del fruto, que puede madurar antes de llegar al mercado.

En ambientes cálidos y húmedos evoluciona rápidamente. Sin manejo, las pérdidas pueden ir del 50 % a la totalidad de la cosecha en situaciones extremas. Puede controlarse con monitoreo, prácticas culturales y fungicidas, pero esa defensa es permanente y puede superar la cuarta parte del costo de producción.

La repetición de aplicaciones aumenta la presión ambiental y favorece la resistencia a los fungicidas. Aunque no condena el suelo durante décadas como el Fusarium, la Sigatoka puede volver inviable a un productor sin recursos para sostener su control.

La barrera derogada

Este escenario explica el conflicto abierto por la Resolución 114/2026 de la Secretaría de Agricultura de la Nación. Publicada el 20 de julio, abrogó ocho normas dictadas entre 1992 y 2013 por considerarlas obsoletas o reemplazadas por sistemas modernos de control.

Entre ellas quedó sin efecto la Resolución 99/1994, que impedía el ingreso al NOA de bananas de orígenes que no acreditaran determinados requisitos. Incluía expresamente a la Sigatoka negra y otras plagas cuarentenarias. En 2013, esa protección territorial había quedado limitada a Salta y Jujuy.

Es necesario distinguir los alcances. La norma de 1994 no mencionaba al Fusarium R4T, cuya expansión cobró relevancia después. Tampoco la Resolución 114 elimina todos los controles sobre la banana importada. El Senasa sostiene que siguen vigentes la inspección, la certificación de origen, la trazabilidad y los procedimientos basados en análisis de riesgo.

La discusión es si ese esquema general ofrece una protección equivalente a la prohibición específica. Salta, Jujuy y las entidades bananeras consideran que no hubo garantías suficientes antes de eliminar una defensa vigente durante más de tres décadas. Advierten además que el control debe alcanzar a restos vegetales, tierra, envases y vehículos.

Prevenir el ingreso

La fruta limpia y correctamente acondicionada no es la principal vía de dispersión del R4T. El mayor peligro está en el suelo, el material de plantación, el agua y los elementos que estuvieron en contacto con lotes enfermos. El reclamo obliga a precisar qué protocolos reemplazan a la barrera y cómo se inspeccionarán embalajes y transportes.

La Sigatoka negra elevaría los costos y golpearía con más fuerza a pequeños y medianos productores. Un foco de R4T podría exigir cuarentenas, destrucción de plantas, clausura de lotes y restricciones de movimientos. El daño alcanzaría al empleo, los empaques, el transporte y toda la economía bananera.

Frente a esa posibilidad, Salta y Jujuy resolvieron sostener y reforzar controles provinciales y reclamaron a la Nación revisar la medida. La controversia no debería reducirse a una disputa entre apertura comercial y protección local. La pregunta decisiva es si el nuevo sistema puede demostrar un nivel de seguridad igual o superior al de la barrera eliminada.

La experiencia mundial deja una enseñanza contundente. Con la Sigatoka negra, reaccionar tarde significa asumir durante años mayores costos y pérdidas. Con el Fusarium R4T, cuando aparecen las primeras plantas marchitas, el hongo puede haberse instalado ya en el suelo. En sanidad vegetal, la ausencia de una enfermedad no vuelve innecesaria la prevención: es, precisamente, el resultado que una prevención eficaz procura conservar.

Cuando el hongo llega

Casos documentados por la FAO muestran el impacto productivo, económico y social de la Sigatoka negra y el Fusarium R4T.

Los antecedentes internacionales permiten dimensionar las consecuencias de estas enfermedades. La FAO documentó que la Sigatoka negra profundizó la crisis de la producción bananera del Caribe, especialmente entre los pequeños agricultores que no podían afrontar los costosos tratamientos con fungicidas.

En cinco países asistidos por el organismo, las exportaciones conjuntas cayeron a menos de 25.000 toneladas en 2011. Solo San Vicente y las Granadinas había comercializado cerca de 80.000 toneladas en 1990. Granada, que aquel año exportaba 8.400 toneladas, terminó sin ventas externas, mientras que Guyana perdió la totalidad de sus exportaciones de plátano. La FAO aclaró que el sector ya atravesaba dificultades, pero señaló que la llegada de la Sigatoka negra contribuyó al abandono de numerosas plantaciones.

El Fusarium R4T ofrece una advertencia todavía más cercana. Cuando fue detectado por primera vez en Colombia, en 2019, las autoridades pusieron en cuarentena 175 hectáreas de banana. En Venezuela, la FAO documentó el caso de la comunidad Renacer, que cultivaba 20 hectáreas en el estado de Aragua. Tras la aparición del hongo, los productores debieron eliminar las plantas y reemplazar la banana por maíz, mandioca, poroto y otras producciones.

Hasta el momento, la Argentina no registra casos confirmados de Sigatoka negra ni de Fusarium R4T. Ambas enfermedades están clasificadas oficialmente como plagas cuarentenarias ausentes. Sí se encuentra presente en algunas áreas del país la Sigatoka amarilla, una enfermedad diferente y menos agresiva.

Preservar ese estatus sanitario es el argumento central de las provincias y los productores que cuestionan la eliminación de la barrera aplicada durante más de tres décadas. Los antecedentes muestran que, cuando estas enfermedades ingresan a una región productora, las consecuencias exceden al lote afectado y alcanzan al empleo, los ingresos familiares y toda la cadena comercial.