Un análisis de Jorge Day compara las respuestas de Chile y Australia ante la pérdida de competitividad y la caída del consumo mundial.
La vitivinicultura argentina enfrenta dos dificultades al mismo tiempo: la caída del consumo mundial de vinos y la pérdida de competitividad de sus exportaciones. La combinación obliga a revisar costos, mercados y capacidad productiva, en un escenario que deja menos margen para sostener las prácticas habituales.
Así lo plantea Jorge Day, responsable de la sección Regional IERAL de la Fundación Mediterránea, en un análisis que compara las respuestas de Chile y Australia con los desafíos argentinos. Ambos países atravesaron problemas similares, aunque en etapas diferentes. La Argentina debe abordar los dos frentes, con dificultades adicionales de logística y acceso comercial.
Según Day, desde 2023 el dólar aumentó menos que los costos argentinos, lo que encareció la producción medida en moneda estadounidense. Si continúa la estabilidad macroeconómica, advierte, el sector podría tener que desenvolverse durante más tiempo con esa relación entre costos e ingresos.
Day advierte que mantener las prácticas actuales puede trasladar el ajuste al precio de la uva y favorecer el abandono de viñedos. Una mala cosecha podría luego provocar aumentos bruscos de precios y complicar a las bodegas. A su entender, esa secuencia no ofrece una salida favorable para la cadena y hace necesario buscar alternativas.
Las respuestas de los competidores: entre 2002 y 2012, el auge del cobre en Chile y de la minería en Australia generó fuertes ingresos de divisas y una apreciación real de sus monedas. Sus industrias vitivinícolas debieron competir con costos locales más altos en dólares, una situación que ofrece antecedentes para pensar alternativas en la Argentina.
Había, sin embargo, una diferencia decisiva: el consumo mundial todavía crecía, al menos hasta la crisis de 2008. Desde entonces, las exportaciones australianas cayeron, mientras las chilenas continuaron aumentando.
Chile aprovechó sus acuerdos comerciales y desarrolló redes de distribución para ampliar mercados y volúmenes exportados. Australia encontró mayores dificultades, con una apreciación cambiaria más intensa que le exigió concentrarse en reducir costos, diferenciar productos y ajustar su capacidad.
En ambos países hubo inversiones en calidad, marcas y posicionamiento para vender vinos de mayor valor y mejorar los márgenes. Esa búsqueda convivió con la elaboración de vinos económicos y a granel.
También procuraron elevar la productividad. Australia avanzó en mecanización, automatización y economías de escala; Chile incorporó tecnología, riego y modernización. El objetivo fue contener el costo por litro, aunque Day aclara que parte de esas inversiones había comenzado antes del auge minero.
Las diferencias se reflejaron en la superficie productiva: Australia comenzó a reducir viñedos y a reorganizar empresas, mientras Chile todavía expandía sus plantaciones y exportaciones.
Un mercado que se achica: la caída del consumo mundial, iniciada en la segunda mitad de la década de 2010, agregó otro problema. Las bodegas buscaron mayores márgenes mediante marcas, venta directa y productos adaptados a nuevas preferencias, como vinos más frescos, de menor graduación y presentaciones distintas.
Pero esas iniciativas no siempre compensaron la menor demanda tradicional. Por eso, también hubo ajustes de oferta. Australia redujo volúmenes procesados y revisó inversiones y activos, aunque persistieron excedentes. En Chile disminuyeron los viñedos y algunos productores cambiaron de actividad o de cultivo.
Para Day, la enseñanza es que cada dificultad requiere respuestas propias. Frente a una moneda apreciada, ayudan la productividad, la diferenciación y la apertura de mercados. Cuando disminuye la demanda mundial, además hay que revisar cuánto producir, dónde invertir y qué capacidad conservar.
La Argentina debe abordar ambas cuestiones a la vez. Mejorar el costo por litro y el posicionamiento comercial forma parte de la respuesta, pero también resulta necesario adaptar la oferta a un mercado más pequeño.
Costos y decisiones pendientes: entre las restricciones que examina Day está la distancia entre las zonas productoras y los puertos. Su comparación con Chile y Australia pone de relieve el peso del flete sobre los márgenes, especialmente en vinos baratos y a granel. Mejorar la logística aparece así como una de las tareas para recuperar competitividad.
Otra limitación es una economía poco abierta. La Argentina dispone de menos acuerdos comerciales y ha aplicado trabas e impuestos a las exportaciones. Sus competidores obtuvieron acceso preferencial a mercados importantes, por lo que el vino argentino enfrenta aranceles superiores en algunos destinos.
En ese marco, Day propone que los gobiernos concentren esfuerzos en reducir otros costos: mejorar infraestructura y logística, simplificar trámites y revisar tributos y tasas que encarecen la producción y las ventas externas. También señala la importancia de avanzar en acuerdos comerciales y facilitar una reconversión ordenada de los viñedos, con recursos fiscales limitados.
Para las bodegas, plantea producir a menor costo por litro, aumentar la proporción de vinos de valor agregado y ampliar canales rentables, incluida la venta directa y el enoturismo. La revisión de la capacidad productiva deberá acompañar esas decisiones. En las pymes, la falta de escala y financiamiento vuelve más difícil ese proceso.
Para el economista de la IERAL, la salida combina menores costos, mayor valor por litro y una adaptación ordenada de la oferta.



