La presión sanitaria y la variabilidad climática obligan a revisar la elección de híbridos y el manejo del cultivo de maíz.
La campaña de maíz en el NOA exige elegir genética, ajustar las prácticas agronómicas y prestar especial atención a la evolución de las plagas. Aunque los relevamientos muestran una disminución de las poblaciones de chicharrita, la aparición de daños de cogollero en distintas regiones productivas plantea nuevos desafíos para los productores.
Desde el área de desarrollo de Illinois, Jorge Pellegrino analizó el escenario sanitario y las perspectivas de la campaña, a partir de las experiencias recogidas en ensayos y encuentros técnicos realizados en Salta y Tucumán.
El especialista coincidió con el diagnóstico presentado recientemente por Alejandro Vera, de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC), sobre la menor presión de chicharrita y la necesidad de reforzar la atención sobre el gusano cogollero.
Según explicó, los últimos relevamientos mostraron una tercera caída consecutiva en las capturas de Dalbulus maidis. La escasa presencia de maíces en el norte, antes del comienzo del grueso de las siembras, podría contribuir a mantener bajas las poblaciones del insecto.
Sin embargo, advirtió que ese panorama favorable no debe traducirse en una disminución de las precauciones, particularmente en la elección de materiales y el seguimiento sanitario de los cultivos.
Genética y sanidad
La experiencia de las últimas campañas confirmó la importancia del comportamiento genético de los híbridos frente a las enfermedades transmitidas por la chicharrita, especialmente las asociadas al Spiroplasma.
Pellegrino destacó el valor de las redes de ensayos regionales para comparar materiales en condiciones productivas similares. A diferencia de los resultados obtenidos exclusivamente por las empresas, estas evaluaciones permiten disponer de información independiente sobre rendimiento, estabilidad y comportamiento sanitario.
En ese sentido, mencionó los trabajos desarrollados por CREA NOA y la EEAOC, que ofrecen referencias para seleccionar híbridos según las características de cada ambiente.
Illinois cuenta con materiales templados y tropicales que permiten plantear diferentes estrategias. Entre ellos, el especialista destacó el Illinois IS 7575 VIP 3, un híbrido tropical de ciclo corto, con buen comportamiento frente al Spiroplasma, estabilidad productiva y características agronómicas que facilitan su manejo.
También mencionó el Illinois IS 7.24 TRE, un material templado que mostró resultados favorables en evaluaciones regionales. Según los datos preliminares comentados por el técnico, había superado la media de rendimiento en nueve de diez localidades de una red de ensayos.
La proporción de híbridos templados y tropicales debería definirse según la presión sanitaria histórica, el potencial del ambiente y el rendimiento esperado.
En las zonas donde la enfermedad tuvo una incidencia elevada durante varias campañas, Pellegrino recomendó priorizar materiales de mayor sanidad y estabilidad. En ambientes de transición, donde la presencia de la enfermedad es más variable, consideró posible combinar distintos tipos de genética para equilibrar seguridad productiva y potencial de rendimiento.
Monitoreo del cogollero
El otro desafío sanitario es el comportamiento del gusano cogollero, cuya presencia comenzó a generar preocupación incluso en lotes implantados con híbridos que incorporan eventos biotecnológicos de protección.
En localidades del centro de Santa Fe y del centro-norte de Entre Ríos se registraron daños durante etapas tempranas del cultivo, una situación que también había comenzado a observarse durante la campaña anterior.
“Por tener la mejor biotecnología disponible en el mercado, el control no está garantizado”, advirtió Pellegrino, al señalar que los eventos disponibles deben acompañarse con prácticas agronómicas y un seguimiento permanente de los lotes.
El especialista recomendó intensificar los monitoreos desde la emergencia hasta los estadios V5 o V6, cuando los ataques pueden comprometer el desarrollo de las plantas. La detección temprana resulta decisiva porque, una vez que la oruga ingresa al cogollo, el control se vuelve considerablemente más difícil.
Las aplicaciones deben decidirse a partir de la presencia de larvas vivas, la proporción de plantas afectadas y los umbrales que justifican una intervención. De esta manera, algunos lotes podrían completar el ciclo sin tratamientos específicos, mientras otros podrían requerir una o más aplicaciones.
Respecto de las fechas de siembra, Pellegrino explicó que históricamente las implantaciones tempranas del centro de Santa Fe y la región núcleo permitían cierto escape a los picos poblacionales de cogollero. Sin embargo, esa situación comenzó a modificarse, con ataques registrados incluso en maíces sembrados durante agosto y los primeros días de septiembre.
Esta observación corresponde a regiones con calendarios de siembra diferentes de los habituales en el NOA y no implica que adelantar la implantación constituya una estrategia general para evitar la plaga.
Por el contrario, el técnico sostuvo que las fechas deben definirse principalmente según la disponibilidad de agua, las características del ambiente y la ubicación del período crítico del cultivo.
Modificar sustancialmente el calendario con el único objetivo de escapar al cogollero podría desplazar la floración y el llenado de granos hacia condiciones menos favorables, con consecuencias sobre el rendimiento.
El aumento de las tareas de monitoreo y la eventual necesidad de tratamientos también podrían incrementar los costos de producción. Por eso, destacó la importancia de intervenir oportunamente, cuando la reducción de pérdidas justifique económicamente la aplicación.
Clima y rendimiento
Las condiciones ambientales constituyen otro factor central en la planificación. Pellegrino recordó que la campaña anterior dejó resultados inferiores a los esperados, pese a las abundantes precipitaciones registradas en distintas zonas del norte argentino.
En los encuentros técnicos realizados con productores de Salta y Tucumán se analizaron situaciones en las que las expectativas de cosechar entre 8.000 y 9.000 kilos por hectárea terminaron convirtiéndose en rendimientos cercanos a los 6.000 kilos.
Además de los problemas sanitarios, el especialista identificó una disminución de la radiación solar durante etapas decisivas del desarrollo del cultivo.
La menor disponibilidad de radiación durante el período crítico afectó la fijación de granos, mientras que las condiciones registradas durante el llenado redujeron su peso final. La combinación de ambos factores terminó limitando la productividad.
A ello se sumaron enfermedades, casos de muerte prematura de plantas y otras situaciones que afectaron el comportamiento de los materiales.
Las perspectivas de mayores precipitaciones asociadas a un posible fenómeno El Niño generan expectativas favorables, aunque el técnico advirtió que una mayor disponibilidad de agua no necesariamente garantiza mejores resultados.
El exceso de días nublados, la menor radiación, las temperaturas extremas y la aparición de enfermedades pueden contrarrestar los beneficios de las lluvias.
Por eso, consideró fundamental caracterizar correctamente cada ambiente, seleccionar la fecha de siembra más conveniente, ajustar la nutrición y elegir materiales capaces de responder a los objetivos productivos.
Para el técnico, genética, sanidad y manejo deben considerarse conjuntamente.
Autor: Belisario Saravia Olmos, El Tribuno Campo, editor.
Fuente: El Tribuno Campo



