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HAY CIENCIA EN ARGENTINA 07-02-19
 

Federico Trucco -Director y CEO de Bioceres- pone en valor el rol de la investigación argentina respecto de la obtención del Trigo HB4, tolerante a sequía y salinidad, y al herbicida Prominens.

HAY CIENCIA EN ARGENTINA


Cuando escuché por primera vez sobre la posibilidad de que Bioceres invierta en un proyecto de la doctora Raquel Chan –bióloga molecular e investigadora del CONICET en la Universidad Nacional del Litoral– con el objetivo de obtener cultivos de trigo, soja y maíz con tolerancia a sequía y salinidad, pensé que iban a tirar la plata. Por aquel entonces, en el año 2002, Bioceres era una start-up en agrobiotecnología con base en Rosario, buscando proyectos dentro del sistema científico nacional. Yo estaba terminando mi doctorado en Estados Unidos y había visto cómo múltiples proyectos de este tipo no lograban resultados tecnológicamente viables. Multinacionales gigantescas con generosos recursos provenientes de la primera ola de biotecnología agrícola habían dedicado centenas de millones de dólares en tratar de obtener desarrollos similares.


Grupos de investigación muy bien formados y financiados mostraban resultados muy alentadores en condiciones controladas y sistemas modelo. Fotos de plantitas de arabidopsis (el ratón de laboratorio del mundo vegetal) con distintas modificaciones genéticas, algunas mostrando plantas secas y otras rozagantes, después de varios días sin regar, alimentaban altas expectativas. A medida que estas modificaciones se incorporaban a cultivos de interés agronómico y se sometían a ensayos de producción a campo, las expectativas se iban moderando. En muchos casos, la tolerancia a la sequía se volvía imperceptible y en algunos pocos, donde el efecto favorable persistía, el beneficio se veía asociado a una importante merma de productividad cuando llueve normalmente. Es decir, plantas que podrían sobrellevar mejor un ciclo seco, pero rendirían menos en ciclos sin sequía, limitando significativamente la aplicabilidad tecnológica.


De apoco veíamos como en conferencias con inversores la promesa de cultivos tolerantes a sequía dejaba la primera página de los informes de I&D y se diluía en notas cada vez menos importantes, hasta desaparecer completamente de los planes de estos gigantes multinacionales. En el mundo académico, al cual pertenecía, la respuesta a estas frustradas experiencias en idioma Clintoniano sería: “es Dobzhansky, estúpido.” Fue el célebre Theo Dobzhansky quien dijo hace ya muchos años, "nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución." Dicho de otra manera, en estudios de genética poblacional, disciplina en la cual Dobzhansky había construido su reputación, la tolerancia a factores ambientales, como la sequía, no es transmitida de padres a hijos en forma simple (es decir, no se tiene o se deja de tener), sino cuantitativa, donde distintos individuos tienen grados diferentes de respuesta. Consecuentemente, se considera que este tipo de adaptaciones son el resultado de millones de años de evolución sobre un gran número de genes, algo que imposiblemente se pueda resolver con simples modificaciones como las propuestas por la doctora Chan.


Por suerte, mi opinión profesional fue ignorada por los fundadores de Bioceres, quienes con sana ingenuidad se habían enamorado de las fotitos de arabidopsis y habían decidido apoyar las investigaciones de este grupo de la Universidad Nacional del Litoral.


El financiamiento de Bioceres se inició en el año 2003, cuando la compañía colocó cuota-partes entre decenas de inversores para poder terminar los estudios preliminares e incorporar el gen de la doctora Chan, un gen llamado Hahb4 proveniente del girasol, en los cultivos de soja, trigo y maíz. Con financiamiento adicional proveniente de sucesivas rondas de ampliación de capital y un creciente número de accionistas, entre el año 2007 y 2009 se obtuvieron los primeros eventos transgénicos. Para el año 2011 la empresa ya contaba con múltiples años de evaluación a campo y fue entonces cuando los cisnes negros de Taleb me llenaron de humildad. Contra mis pronósticos, el “reduccionismo monogénico” de la doctora Chan funcionaba. En aquel momento no sabíamos muy bien por qué, pero la tecnología HB4 (como dimos a llamar el desarrollo) funcionaba.


Después de revisar en detalle el cuerpo de estudios vinculados a tolerancia a stress hídrico en plantas, lo que hoy sabemos es que muchos de estos trabajos se enfocaron en estrategias vinculadas a la preservación del agua. La lógica era muy simple: las plantas del desierto transpiran mucho menos que las plantas de otros ecosistemas. El cactus por ejemplo no tiene hojas (donde están la mayoría de los estomas, unos poritos por los cuales las plantas transpiran), sino espinas.


Como me recordó una vez Hugh Grant, ex CEO de Monsanto, desde un punto de vista estequiométrico, el rendimiento de un cultivo tiene que ver con su capacidad para combinar agua con dióxido de carbono, en presencia de luz, para obtener azúcar (rendimiento) y oxígeno. Este proceso se llama fotosíntesis, que desde un punto de vista agronómico está limitado por la disponibilidad de agua, ya que los otros insumos, el dióxido de carbono y la luz, tienden a ser no limitantes. Por lo que, si hacemos que las plantas no transpiren para aumentar su sobrevivencia con limitada agua, éstas van a rendir menos, ya que sin el consumo de agua no hay fotosíntesis. Esta lógica explica en gran manera los resultados de las iniciativas tempranas, aquellos que transformaron el entusiasmo inicial de los líderes de esta industria en el escepticismo posterior sobre este espacio tecnológico.


Lo que HB4 hace es todo lo contrario. Salteando los detalles mecanísticos que hoy conocemos, HB4 “engaña” a una planta en situación de sequía para que siga consumiendo agua y produciendo azúcares, cuando su respuesta natural sería cerrar estomas y senescer (perder hojas). La realidad es que las plantas naturalmente privilegian la sobrevivencia por sobre la productividad, iniciando estos procesos en forma prematura, mucho antes de quedarse sin agua en sus reservas. Es como si al prenderse la alarma de combustible en el auto inmediatamente parásemos, aun cuando sabemos que tenemos para ir varios kilómetros más. Bueno, con HB4 las plantas van unos kilómetros más, manteniendo la fotosíntesis a ritmo normal más días de los que una planta sin HB4 lo haría.


Sin bien HB4 representa el estado del arte hoy, estaba muy lejos de serlo en el año 2002, cuando la doctora Chan “seducía” a los inversores de Bioceres. Y no es como le escuché decir recientemente a un alto ejecutivo del sector exportador que ejerce la representación de su empresa en una cámara sectorial: “en Canadá, Estados Unidos y Australia también está el evento sin liberar…” ¡No! Ninguno de estos países logró un desarrollo remotamente similar. HB4 es por ahora solo Argento, es nuestro cisne negro y una muestra de lo que puede lograr nuestro sistema científico nacional, cuando todos tiramos para el mismo lado.


Federico Trucco


Director y CEO de Bioceres

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